TRUE BLOOD – TEMPORADA 1.
Como indiqué en su momento, el pre-air más que efectivo episodio piloto fue injustamente menospreciado, quizá por sus tramas atípicas y su tono un tanto excéntrico. Pero la llegada de la serie regular no tardó mucho tiempo en acallar las malas críticas, y al final se ha ido convirtiendo silenciosamente en el estreno más remarcable del año. Sin embargo, no se puede negar que True Blood no pasa de ser un entretenimiento muy bien confeccionado, y dudo que dadas sus características llegue a deslumbrar como una gran producción (sobran las comparaciones con A dos metros bajo tierra, por ejemplo). La creación del ya mítico Alan Ball tiene tanto puntos a favor como puntos en contra ciertamente remarcables, aunque el equilibrio entre ambos ofrece una obra fresca, original y sobre todo muy atractiva.
A su favor el punto más fuerte es el sólido y cohesionado reparto, donde todos los intérpretes dan vida de forma muy creíble a caracteres de lo más variopinto, a individuos con poderes paranormales o directamente monstruosos (vampiros, licántropos, telépatas), a extravagantes, paranoicos y demás bichos raros (el ligón imbécil, la chica fuerte por fuera y débil por dentro, el homosexual libertino que no se amilana ante la sociedad retrógrada donde vive, etc.). Entre todos ellos cabría mencionar el brillante y carismático papel de la siempre excelente Anna Paquin, de la que tengo que decir que su personaje es difícil de asimilar y hay a quienes les resulta cargante, pero eso no es excusa para atacar su magnífica labor. No se quedan atrás otros como Ryan Kwanten (su hermano Jason), quien también ha tenido menos reconocimiento del merecido por tener en sus manos un tipo de personaje que parece más cómico que otra cosa (el citado ligón tontaina). Su interpretación es exquisita, y más si tenemos en cuenta lo difícil que es hacer creíble a semejante individuo.
Muy logrado es también el ambiente en que se enmarcan los acontecimientos, esa sociedad sureña conservadora que poco a poco abre las puertas a la modernización social, a la aceptación de otras formas de vida. El choque cultural de la homosexualidad no es nada comparado con el vampirismo, con lo que la serie goza de un humor ciertamente cínico y surrealista, un clásico sello de Alan Ball.
La realización es de gran nivel, siendo lo que más impronta deja la excelente y a ratos bellísima fotografía. Mención especial para las escenas de suspense o las correctas inclusiones del citado sentido del humor, que mantienen el interés constante en las historias a pesar de que algún personaje pueda no atraernos tanto como los demás (a mí se me atragantó Tara y su historia de exorcismos, por ejemplo).
En el lado malo el aspecto más notable es la aburrida trama central, aquélla que versa sobre el asesino en serie. Si bien da para lanzar interesantes subtramas y para meter en el juego a todos los personajes que aparecen, estos mismos caracteres y el día a día en sus vidas terminan siendo más relevantes que dicha historia. Por si fuera poco la resolución de la misma es poco menos que mediocre y es el principal factor en la pequeña pérdida de ritmo y fuerza que aparece en los dos o tres episodios finales.
Pero como decía True Blood es en conjunto una producción original que ofrece un agradable visionado, y si le sumamos el sello de calidad de la HBO, que garantiza un nivel intelectual alto y una realización de gran nivel (amén de sangre y desnudos por doquier), tenemos lo que se dice un entretenimiento de primera.
Nunca hago caso a los rumores, y me jode bastante verlos como noticias en las páginas que suelo visitar, pero cuando el autor de una serie dice que quiere hacer una película es evidente que no es un rumor, sino una intención. Sin embargo, debe quedar muy claro que de esa declaración al inicio del proyecto hay un trecho enorme que en la mayoría de los casos no se recorre, porque ya ves tú qué demonios significa que un tío sueñe con hacerse una película de su serie cancelada si productores y cadenas pasan de él.
- Firefly. Caso claro de negligencia por parte de la cadena, en este caso la odiada FOX. No supieron qué tenían entre manos, forzaron a Joss Whedon, su creador, a realizar los cambios que les parecían adecuados, y en la emisión, quién sabe si a propósito o simplemente porque son imbéciles, alteraron el orden de los episodios haciendo incomprensible la historia y dificultando la conexión con los personajes. La audiencia no fue muy llamativa, pero claro, no es que se lo pusieran fácil. No tardaron en cancelarla: catorce episodios de los que ni siquiera emitieron todos.
Fue hace ya cuatro años por lo menos cuando estuvimos a un pelo de ver por fin una película de Babylon 5 en pantalla grande. Se llamaba The Memory of Shadows y llegó hasta el proceso de casting, pero ahí murió. Straczynski (jms a partir de ahora) preveía un nulo apoyo por parte de la cadena cuando estos le dijeron que no le iban a dar apenas presupuesto para esa tontada (no es cita exacta, pero no se aleja de la realidad), así que no se arriesgó, suponiendo que tarde o temprano conseguiría su objetivo.